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El gigante ahogado: lo extraordinario como un espejo

Por: David Pichardo





El gigante ahogado es el último episodio de la segunda temporada de la serie de Netflix Love, death and robots -siendo una serie con capítulos independientes entre sí podemos tomarlo también como un cortometraje-; este corto fue dirigido por Tim Miller, director y artista estadounidense ampliamente conocido por sus habilidades en el ámbito de los efectos visuales, y es a su vez una adaptación del relato con el mismo nombre de 1964 del escritor inglés de ciencia ficción J. G. Ballard.


La consciencia de la perfectibilidad limitada. La historia comienza con la llegada de un gigante muerto a la costa de la ciudad, cuya causa de muerte parece ser el ahogamiento ya que no sufre ninguna herida visible. El personaje que narra los sucesos es un científico enviado para el monitoreo del suceso extraordinario, y al percatarse de que los testimonios eran verdaderos, queda impresionado por la existencia de aquel ser. Es interesante cómo el personaje que observa la escena se siente imperfecto frente al gigante, pues éste parece un ser sacado de un libro de fantasía o un personaje mitológico de la Odisea, es decir, no sólo un hombre de un gran tamaño sino también muy hermoso, de facciones perfectas y semblante apacible. Como la primera reacción del ser humano frente a lo desconocido es el temor, los espectadores permanecen alejados del inmenso cuerpo inmóvil encallado en la costa, sin embargo, el gigante sí está muerto, lo que representa la imposibilidad de toda agencia por su parte, dotándolo así de una vulnerabilidad de la que poco a poco los espectadores se aprovechan hasta el punto de atreverse a subirse en él y jugar sobre su cuerpo desnudo. Esta imagen cruda contrasta con los pensamientos de nuestro personaje, quien entiende que si aquel gigante estuviera vivo los vulnerables serían todos ellos, y que incluso esa vulnerabilidad no se limita a una circunstancia hipotética porque ahora el simple hecho del conocimiento de la existencia de entes como aquél representa ya el saberse vulnerables, sentimiento que esa gente había olvidado a causa de los avances en el capitalismo; así, la escena nos muestra que la capacidad de perfectibilidad del hombre que nos legó el renacimiento deviene paradójicamente algo perjudicial cuando dicha capacidad se entiende desde una perspectiva en extremo antropocéntrica, pues al pensarnos en la cima de las especies tendemos a dejar a un lado el hecho de que somos seres frágiles y en peligro constante, acechados por agentes mucho más poderosos externos a nosotros como puede ser la madre naturaleza, el paso del tiempo o la misma muerte. Por lo tanto, en primera instancia la presencia del gigante ahogado puede significar un recordatorio de lo que el ser humano no es capaz de asir o dominar.


El rechazo frente a lo otro


Tres días después Steven -el personaje narrador- regresa a la playa para darse cuenta de que las personas están planeando maneras de deshacerse del gigante. Si habían pasado del miedo a la confianza, ahora buscan el sometimiento del cuerpo mediante la violencia, ejemplificada en el metraje por primera vez cuando el científico sube al cuerpo del ahogado y ve que le han amputado el brazo izquierdo, como si los habitantes, en presencia de algo más poderoso que igualmente sucumbió al paso del tiempo, se hubieran hecho conscientes de su fragilidad con respecto a su entorno y su reacción primera hubiera sido vandalizar el cuerpo del ahogado en un intento por desquitar su odio -producto de su impotencia- sobre aquel gigante. Esta teoría se refuerza observando la descomposición que el cuerpo del gigante va sufriendo a lo largo del metraje, por lo que el ser bello e imponente que parecía poder resistir y superar cualquier obstáculo ahora deviene un reflejo de las consecuencias trágicas del paso del tiempo en los seres humanos. No obstante, el personaje ve asimismo en lo que él llama una incesante metamorfosis -es decir, la rendición de todo ser a la exigencia del tiempo- cierta belleza, pues entiende que sin la muerte no seríamos capaces de apreciar el valor intrínseco de la vida, por lo que puede decirse que de alguna manera hay vida en la muerte en tanto ésta es un motivo para la consciencia del placer en la vida, como la causa que da origen a la existencia del carpe diem o como un ying y un yang que se complementan mutuamente.





Las cuestiones fundamentales


Así, el ahogado va siendo destruido por el tiempo y por los ciudadanos: un día no tiene brazo, al otro día es decapitado, etc. Todo esto mientras va sufriendo la descomposición natural para todo animal de carne y hueso. Es aquí donde a través de los pensamientos del personaje apreciamos la progresiva humanización de aquel gigante. El narrador comienza a preguntarse por el pasado de aquel inmenso hombre y por los acontecimientos que tuvo que pasar para terminar solo en esa playa. Siente compasión por la deplorable situación en la que esta criatura se encuentra, y me parece que dicha preocupación por el desamparo de aquel gigante produce una nueva conmoción en el narrador que es la angustia por las dos cuestiones fundamentales de todo ser humano: la gran incógnita de lo que hay después de la muerte y la incertidumbre de nuestro propósito en la vida. Al ver la manera en la que terminó aquel gigante en la orilla del mar como un barco abandonado podemos preguntarnos si después de la vida habrá también una infinita soledad, o si habrá un vacío traducido en la nada, o quizá pensemos que habrá algo mejor que ser comidos por gusanos como consecuencia de algún optimismo forzado; del mismo modo, a pesar de lo grandiosa que puede llegar a ser la humanidad en muchos sentidos, jamás podremos conocer con certeza el motivo de nuestra existencia, y en ese sentido, la soledad y el aislamiento del gigante se traducen en la metáfora de la imposibilidad infinita del verdadero conocimiento de nuestro propósito en el universo. Una vez más ambas interrogantes son detonadas por la presencia del gigante ahogado.


Con el tiempo los habitantes pierden el interés por el cuerpo del gigante, y de él solamente quedan los restos esparcidos por la ciudad, mostrados en escaparates a manera de trofeo o como simple atractivo visual. La gente ya no cree en el suceso extraordinario y lo califican de mentira, e incluso aquellos que recuerdan al gigante prefieren decir que sólo fue una ballena o una bestia marina y olvidar lo que causó en ellos un sentimiento desagradable, es decir, olvidar aquel gigante real que reflejó las fallas e inseguridades de la sociedad y de cada individuo en ella.


 

Interlatencias Revista

agosto 2021

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