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La quimera serial

29 ago 2021
6 min de lectura

Por: Juan Fernando Mondragón



Vista por segunda vez la divertidísima Planet Terror, una avenencia sentenciosa y algo intrusiva me lleva a concluir que, efectivamente, no existen los géneros en la cinematografía, o si existen, lo hacen de una manera parcial, sombría, confusa y difusa, lo que solo disfrazaría la maniobra de un crítico huidizo el cual simplemente no puede dejar de pensar que los géneros en el cine no existen, aunque le falten por llegar las tesis y los argumentos y le sobren las intuiciones y los saltos de fe, en fin, como suele suceder al fondo de toda epifanía.


Curioso que se hable de intuiciones, fes y epifanías cuando uno piensa en Planet Terror. La mayoría de nosotros coincidiríamos en que se trata de una obra eclética. Una pieza maestra del humor, en efecto (qué chistoso es ver el proceso de desmembramiento de un hombre de una forma tan gráfica). Una pieza maestra de la acción (ametralladoras en las piernas, ¡faltaba más!). Y una meritoria exponente del gore (tenemos ahí un registro, en primer plano, de los avances de una enfermedad putrefacta, por no mencionar los genitales en descomposición) y del terror, aunque esto último parezca contravenir esa primera mención al humor. Como sea, menos consensuada sería la opinión de que se trata de una maravillosa cinta de romance, de aventura, y hasta de ciencia ficción (¿por qué no? Al menos la trama se origina de un mal intencionado experimento científico). En Rotten Tomatoes está clasificada como una obra de horror/misterio y thriller. Pero, después de repensar la película por breves instantes, es fácil advertir: ¿en qué parte está el misterio? ¿En resolver el enigma del contagio? Uno ve esa película y ese tipo de obras en general a sabiendas de que sus fundamentos dialécticos son absurdos. Ciertamente los enigmas son un centro fundador de las películas de terror. Las cintas más horrorosas del género orbitan alrededor de una interrogante las más de las veces angustiosa, y que, las más de las veces también, nunca alcanzan a responder, no la quieren responder, no deben. Planet Terror no es una pregunta, es un chiste, en el sentido más bienintencionado del término, lo cual, paradójicamente, sí lanza una pregunta al aire: ¿en qué momento un sustantivo genérico se convierte en un género?


Contiguamente, uno podría afirmar que la etiqueta “horror” tampoco le hace méritos suficientes a esa maravillosa cinta; más bien la confunden, la desvirtúan, cuando quizá lo propio sería creer que es una cinta de terror, en el sentido más clásico de la palabra. La diferencia entre el horror y el terror es una diferencia de grado. El horror es un presentimiento, una ausencia que irrita y desespera, algo que no tiene peso ni forma pero que de alguna manera está allí, asustando por no estar. Recuérdese el horror vacui del artista barroco, atareado en eliminar, aunque suene contradictorio, una ausencia. Holly, de Breakfast at Tiffany’s, llamaba instintivamente a este sentimiento “las horas negras”, un momento en que estamos angustiados aunque en ese preciso instante nada justifique la angustia. Es una noción pascaliana pero que da excelentes frutos en cintas como The omen, por ejemplo, o en Rosemary’s Babe. En ambas, el miedo sobrevendría no tanto como desde una imagen sino como desde un olor: angustia desprendida de una sustancia informe y transparente. El miedo en el horror es así, transparente; en cambio, el miedo en el terror es miedo sólido, es miedo que se ve en primer lugar, y es el miedo que se siente en aquellos filmes con un sentido estético visceral, del cual Planet Terror forma parte desde el título.

Resultaría ocioso seguir enumerando las razones por las que Planet Terror no es exactamente una película de misterio/horror y thriller, cuando es ya casi sabiduría popular que los géneros son moldes, etiquetas imprecisas, generalidades no menos arbitrarias que los términos que utilizamos a diario para organizar cualquier aspecto de nuestra realidad, si bien no por ello esté demás advertir que el asunto, hablando específicamente de cinematografía, se nos ha ido de las manos. Planet Terror es todo, o casi todo. Y parece que las grandes obras de la cinematografía actúan igual: si obviáramos el hecho de que se sitúa en un futuro posible, Blade Runner resultaría una buena película de época; Seven, una cinta de terror, porque, ¿solamente el hecho inexplicable o sobrenatural sustenta al género?; The Dark Night, un western gótico y decadente; Casablanca, una aventura política, ideológica y emocional. ¿Qué película no es una película de aventura? Ya ni hablar del cajón de sastre de la industria/arte cinematográfica: el género “drama”, acaso el género con menos existencia de los inexistentes pero a priori el más prestigioso.


Esto sigue siendo ocioso. A ningún autor debería importarle en lo más mínimo antes clasificar su película que hacerla. Los géneros son facilidades de archivo. Es menos vago pensar en los orígenes de este pseudoproblema. Me inclino a creer, sin pruebas abundantes, que el cine reactualizó una vieja encrucijada de la literatura, un fardo que ésta carga desde el momento en que Aristóteles decidió acomodar las corrientes de su época en dos baúles: la tragedia y la comedia. Desde ahí, el procedimiento de categorización se invierte y los géneros ordenan a las obras, y no al revés, lo que obligó a Dante, por citar un caso, a nombrar como comedia un poema indudable y patéticamente trágico. El problema nominal actualmente ya no es un problema. Ya nada parece ser un problema. El cine es un arte que heredó las categorizaciones clásicas de sus artes hermanas, la literatura, el teatro, la historieta, la fotografía, y, al mezclarlas, por así decirlo, las liberó. Resulta revelador que solo en el cine tengamos muestras tan poco incuestionables de quimeras sorprendentes, como lo es Planet Terror: una película de terror cómico.


En principio, el terror cómico es un oxímoron, como cuando un poeta dice “sol negro”, “sol de nieve” o “luz oscura”, metáforas todas. ¿Qué metáfora es entonces el terror cómico? Como cualquier metáfora, una inexplicable, es decir, no se puede transferir o traducir en otra frase, ni en otro género. Es un producto que se ve, que se siente simplemente, una risa sórdida, una angustia jocosa, un gag horripilante o una muerte chistosa. Planet Terror forma parte de una lista de películas que obraron antiaristotélicamente: por ahí está la sublime The Evil Dead, la no menos lograda Return of the Living Dead, la entretenidísima de Alex de la Iglesia, El día de la bestia, y la que podría ser la cima del género, The Cabin in the Woods. Después de ésta, el cine de terror no puede volver a ser el mismo. Curioso que la carta de amor final al género del terror se mezcle a partes iguales con la risa.


Soy de los creyentes de que el mejor arte aspira a la transparencia. Una buena película rompe sus límites y se convierte en algo más que un género. Como los buenos libros, las películas extraordinarias no parecen una cosa o un aspecto de la realidad sino todas las cosas que hay en el mundo. El eclecticismo del mejor cine es siempre un atributo. Habría que agradecer revelaciones como la que representa el terror cómico. Y no estaría de más recordar que ha sido, desde las corrientes subterráneas de la cinematografía, que se han aventurado propuestas como éstas. El cine de serie B —que no es un género sino una manera de hacer y además una estética— es el cine más juguetón de todos (está casi obligado a serlo), y el que aspira inherentemente a alcanzar esa transparencia definitiva del mejor arte, no tanto por la homogeneidad de sus partes como por una sobrecarga de éstas. Cine collage. Cine liberado y libertario. Cine que por las particularidades de su realización nace libre; es más, está condenado a serlo. Pero, como destino y fatalidad, hasta la libertad puede ser una carga, lo que explica los pésimos resultados que una cantidad enorme de cine de serie B termina dando a su fiel público. En Planet Terror y en las cintas ya mencionadas, existe un milagroso balance entre sus componentes de suyo incompatibles, nunca se desborda totalmente del lado del terror ni del lado de la comedia. Es un milagroso equilibrio que finalmente aterra dando risa, espectáculo ominoso, revelación impensable que se agrava al demostrarnos que, al ser el arte un reflejo artificioso de la realidad, entonces la realidad es un asunto muy complejo.





agosto 2021


 
 
 

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