¿Por qué el sol sigue brillando?
- 29 ago 2021
- 5 min de lectura
Por: Axel Olvera

Es 22 de abril de 2031 y ya no siento nada. Hace unos minutos escuché alarmas, el silbido de un avión oculto y gritos desesperanzados, vi gente correr en todas direcciones y puertas cerrarse violentamente. Sentí miedo. Creí que estaría listo para esto pero uno nunca está totalmente preparado para morir. Vi un objeto caer del cielo y pensé en Dios. “Venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.” ¿El cielo también está a punto de arder? Hace unos milisegundos oí una explosión que condensaba millones de explosiones; escuché, también, vidrios fragmentados, concreto reventado y gritos apagados. Al mismo tiempo vi una luz que apagó todas las otras luces. Al apagarse todo me pregunté, ¿por qué el sol sigue brillando? Sentí un calor abrasador y después ya no sentí nada. Muchas veces leí que una explosión nuclear tardaba milisegundos en matarte, que no sentías tu propia muerte.
Este milisegundo ya se dilató bastante, pero eso es lo curioso, ¿cuál es la importancia de una fracción tan mínima de tiempo? Si me preguntan a mí ahora, es el milisegundo más importante de mi vida, o de mi muerte. Creo que esa es la relatividad del tiempo. ¿Por la mente de Einstein pasó un pensamiento así cuando pensó en lo relativo del tiempo y en la bomba nuclear? No podría preguntarle, ya no puedo hablar. No podría entender la respuesta, ya no escucho nada. Pero pienso y recuerdo. Lo último que sentí fue calor, uno totalmente diferente a todos los que había sentido.
Hace veinticinco años me encontraba parado a cinco kilómetros de donde me encuentro ahora. La bomba también acaba de arrasar con ese sitio, pero cuando yo estuve ahí, el calor afuera de los juzgados era simplemente irritante. Era el típico calor citadino. Veintisiete grados con una sensación que aumentaba por el efecto invernadero, pero para mí era peor por la ansiedad que comencé a experimentar en esos años. Dentro de un segundo ya no voy a existir, pero ese día en los juzgados era un niño de seis años.
Sofocado, irritado, confundido y temeroso. Mis padres se habían divorciado apenas unos meses atrás. No recuerdo mucho de los trámites que fuimos a hacer al juzgado, pero tengo bastante presente cómo me sentía. No comprendía cómo ni por qué pero sabía que algo había terminado y yo me encontraba en la zona cero de la explosión que produjo un átomo al separarse. Hace veinticinco años todo se veía despejado y hace apenas unos segundos el cielo también lucía impoluto.
Solemos pensar en las tragedias y las despedidas bajo el umbral de un clima frío, incluso lluvioso, si es que queremos añadir más dramatismo a nuestra escena. Hoy, en unos minutos caerá una gran lluvia, pero ya no de agua. La lluvia radiactiva se precipitará sobre este suelo y otros más lejanos. Partículas de mí descenderán a esta tierra para contaminarla. Sí, definitivamente una gran lluvia va a caer pronto. Pero lo que experimenté en los juzgados fue algo que distaba mucho de aquellos escenarios tristes llenos de lluvia que formulé en mi cabeza. Era un calor sofocante, totalmente seco, no como el calor rico y tropical que experimenté en las playas de Acapulco con mi familia, apenas unos meses antes del divorcio. Era un niño en ese entonces, no conocía otros calores. Ahora que ya no importa, recuerdo con claridad cuando mis abuelos me dijeron “en un mes nos vamos a la playa.” Un mes en la vida de un niño que está esperando transcurre terriblemente lento. Durante ese tiempo me dedicaba a imaginar y a pensar. Ahora haría lo mismo, pero no sé qué es lo que estoy esperando, no sé qué vaya a suceder cuando termine de desintegrarme, así que me limito a pensar y recordar. En ese entonces no podía recordar, ya que no tenía muchos recuerdos y me gustaba más imaginar. “¿Cómo será de grande el mar? ¿Me comerán los tiburones? ¿Si comienzo a nadar sin detenerme podré llegar hasta China?” Ahora, ¿alguna bomba habrá caído en el mar?, ¿qué pasará con los tiburones y toda la fauna marina tras esto?, ¿bombas habrán caído en China? Imaginar era lo único que tenía entonces y parece que es también lo único que tengo ahora, mi imaginación y mis recuerdos. El día en el que partimos a la playa fue contrastante, en mi mente se trataba de una gran aventura.

Se trataba de mi primer viaje largo en carretera. Al abordar el carro tenía la sensación de que me llevaría a un lugar mágico, esta ilusión se desvaneció al enfrentarme con la realidad: la carretera solo era un interminable e incandescente pedazo de asfalto y el tránsito para salir de la ciudad y entrar a la playa parecía interminable. En el automóvil sonaban las canciones que mis abuelos ponían, antiguas para ese entonces y ahora que las recuerdo me parecen de otro milenio, de otra vida. Mi abuelo iba manejando, mi abuela era su copiloto y atrás íbamos mis padres y yo. ¿Cómo, en mi mente infantil, pude haber imaginado que habríamos de perecer todos? Unos, los afortunados, por el transcurso natural de la vida y otros, los que quedamos, por esta terrible explosión. La canción que más recuerdo es de Skeeter Davis, con una melodía muy tranquila y una voz dulce y apacible, fue la que más se reprodujo en todo el viaje. Era la canción que sonaba cuando lo vi por primera vez. En mi mente lo imaginé de muchas formas pero no estaba preparado para lo que vi: inmenso, imperecedero, incuantificable. Llegamos en el ocaso y el lejano y menguante sol lo dotaba de colores cálidos. Fue hipnotizante. Afuera sonaba el característico sonido de las olas chocando contra la arena, dentro, Skeeter Davis cantaba “Why do the stars glow above? Don’t they know it’s the end of the world? It ended when I lost your love” Recuerdo claramente esa canción, en su momento no lo entendía pero hablaba de desamor, así que marcó esa etapa de mi vida. Cuando el viaje terminó y la ilusión se rompió, al regresar a casa, unas semanas después mis padres me explicaron que se iban a divorciar. No entendí nada, no sabía qué iba a cambiar. Nada había cambiado. Ellos seguían frente a mí, los podía tocar. Ahora, si los rememoro, parece que puedo tocarlos, abrazarlos otra vez aquí en mi memoria. En ese entonces al mundo pareció, también, serle indiferente, afuera los pájaros seguían cantando en los árboles cuyas ramas se movían con el viento, adentro el radio sonaba de fondo. Nada había cambiado y todo estaba por cambiar. Fue solamente el paso del tiempo lo que me hizo entender lo que había pasado. Minutos después y en soledad, con nada más que mis pensamientos otra vez, mientras una conocida canción sonaba y la intérprete cantaba “Why does my heart go on beating? Why do these eyes of mine cry? Don’t they know it’s the end of the world? It ended when you said, “«Good-bye»”, comprendí, como ahora, que algo había llegado a su fin.
Interlatencias Revista
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agosto 2021




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