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Barbacoa

Cuento de Fabian G.
 

—Buenas tardes, joven. Provecho... Oiga, si hace parada aquí el que va para Nopalera, ¿verdad?

Asentí con la cabeza sin decir una palabra, entonces aquel famélico barbudo envuelto en ropa sucia posó fijamente los ojos en mi torta, que todavía exhalaba su calor de recién hecha. ¡Ay, y pensar que aquella pobre torta fue a dar a la basura sin una sola mordida!

Pensando que el sujeto quizá tendría hambre, estiré las manos juntas para ofrecerle un pedazo, y cuál fue mi sorpresa ante semejante respuesta:

—¡Uy, no joven, muchas gracias! ¡Yo soy vegetariano! ¡Ja, ja, ja, ja!

Hubiera deseado no haber empezado la conversación, pero es que, por costumbre, uno ofrece siempre de lo que está comiendo, y más cuando se le quedan viendo a lo que estás a punto de meterte a la boca. ¡Y yo que nada más me quería comer mi torta luego de un día completito en ayunas!


 

Fue hace como treinta años. Estaba chavo, tenía más o menos la edad que seguramente usted tiene. Así como me ve, yo estudié veterinaria acá, en la UNAM. Era bastante bueno con las herramientas quirúrgicas. Anatomía, introducción a la zootecnia, patología. Pero le agarré asco a la carne.


Me acuerdo de mis clases, de mis amigos, me acuerdo re bien de mis días en la Facultad. Pero de dos cosas son de las que mejor me acuerdo: de la barbacoa de acá a la vuelta y de mi amigo el Jack.


Jackson Spooner, aquel güerote que conocí en la Facultad. Le decíamos Jack. Alto, fornido, callado y re tragón. Me acuerdo que comenzó a hablarme la primera semana de clases, medio tímido y como que sin saber bien todavía hablar español. Se me acercó y me dijo:


—Hola, amigo, ¿tú sabes dónde puede comer no caro por aquí?


—Ah, sí, acá en el pasillo de la salmonela, cerca del metro. Si quieres vamos, yo voy para allá.


Allí de camino, con su español aún medio masticado, me contó que se vino de Inglaterra porque le llamaba mucho la atención el país.


Todavía me acuerdo de la tarde en que llegamos a los puestos de sanguiches y tepaches allá afuera del metro Copilco. Me acuerdo que yo me pedí un agua de jamaica y unos tacos de papa con chorizo, con esa salsa verde espumosa que tanto me gustaba; mientras que él, todo desorientado, me preguntó:


—Oye, amigo, yo de esto no conozco nada, ¿qué piensas que debería comer yo?


Entonces le señalé el puesto de carnitas. El Jack se acercó, le indiqué de cuál pedir; surtida, obviamente, y le dije de cuál salsa echarle.


¡Ja, ja, ja, ja! ¡Cabrón Jack! ¡Se equivocó y le echó de la que picaba un resto! ¡Pues si el cuate era güero, se puso rojo como camarón en su caldo!


El punto es que, a partir de allí, empezamos a llevarnos muy bien. Nomás me veía echarme la mochila al lomo y ya me andaba preguntando.


—¡Amigo! ¿Vas para los tacos?


Y ahí nos íbamos juntos a comer.


Yo creo que ha de ser por la falta de creatividad culinaria de los ingleses, o porque son muy sangroncitos a la hora de preparar su comida, o ve tú a saber por qué, pero el Jack se enamoró de los antojitos mexicanos como nunca he visto a nadie hacerlo. A veces, de regreso a clases los lunes, me le acercaba, lo saludaba y le hacía la plática.


—¿Qué pasó, mi Jack? ¿Qué tal tu fin de semana?


—¡Muy bueno, amigo! Me fui a comer a tal lugar unas tostadas de pata muy buenas... Me fui a tal lado a comer unos pambazos con agua de horchata... Me contaron de unas cosas que se llaman guajolotas, allá por metro Villa de Cortés, y me fui a conocerlas. ¡Muy buenas con atole de avena!

¡Muy buenas!...


¡Yo creo que el Jack no hacía otra cosa en su tiempo libre más que comer en la calle!


Pasó el tiempo y nos hicimos muy buenos amigos. Había cuates de la Facultad que agarraban los viernes para irse de farra acá a Santo Domingo. Para nosotros, para Jack y para mí, el plan era distinto. Nada más llegaba la tarde del viernes y siempre me decía con mucho entusiasmo:


—¿Qué, amigo? ¿Nos vamos por unos pozoles?


¡Ja, ja, ja, ja! ¡Se ponía como niño que llevan a la feria!


Los años de la universidad se nos pasaron comiendo juntos. Recorrimos la ciudad metiendo la trompa en todas partes, a ver qué nuevos lugares descubríamos para comer. Desde los machetes de la Obrera, esas quesadillas así, mira, así de grandotas, con harto quesillo y sus champiñones rebanaditos; los tacos de maciza de Los Cocuyos, allá por el Centro Histórico, a los que llegábamos ya bien noche; al Borrego Viudo, ¿cómo no? allá por Tacubaya y que le encantaba al Jack. ¡Cómo le fascinaba pedir sus tacos al pastor con harta cebolla! Hasta los huaraches de carne enchilada allá por Xochimilco, con sus rábanos y sus nopales tiernitos; los Taquitos Frontera en La Roma, las gorditas de Mixcoac...


Empezaron nuestros años de prácticas profesionales. Aunque ya no nos veíamos diario, nos juntábamos los fines de semana para ir a almorzar. Yo me conseguí una novia, pero ella sabía que los domingos estaban reservados para ir con Jack. Es que Jack no tenía muchos amigos, era tímido y nunca hablaba de su familia, sus únicas expresiones elocuentes eran las de sus muecas al comer.


Y como siempre andaba solito, de pata de perro, hubo un momento en que pensé: una de dos, o al Jack no le gustan las mujeres, o le gusta más la comida que las mujeres y no le da tiempo de buscarse una mujer por andar como chancho en engorda. Pero la cosa cambió cuando empezó a frecuentar una barbacoa de aquí, de aquí del paradero de Taxqueña.


—¿Qué hay, mi Jack? ¿A dónde te fuiste a comer ayer?


—A la barbacoa de Taxqueña.


—¿Cómo estás, Jack? ¿Qué tal tu sábado?


—Todo bien, me fui a la barbacoa de Taxqueña.


Algo debía tener esa barbacoa, pensé, que Jack la visita mucho. Entonces le pedí que me invitara al lugar.


¡Y por fin lo entendí todo! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Condenado Jack! Nomás llegamos a la barbacoa y se le hicieron grandotes los ojos al condenado, como unas cebollotas. Una jovencita menudita, cachetoncita, mujer muy guapa y, según mi amigo Jack, viuda; nos dio los buenos días y nos invitó a tomar asiento.


—Buenos días, güero, qué gusto verlo.


—Buenos días, Juanita, ya vine por mi consomé y mi barbacoa.


¡A leguas se veía que los dos se traían ganas, a leguas! No me sorprendió, Jack no podría haberse enamorado de una mujer que no fuera una buena cocinera, porque con Jack se aplicaba muy bien el dicho de que al corazón se llega por la barriga.


Agarré mi banco de plástico, pedí tres suaves, tres dorados de barbacoa y un consomé con mucho garbanzo. El lugar estaba abarrotado y en el aire se percibía ese exótico olor a chivo en su grasa. Y mientras las personas que hacían las veces de meseros andaban de acá para allá tomando las órdenes, Jack y yo veíamos a Juanita destazando enormes elementos de carne con su cuchillo de carnicero; su pequeña figura contrastaba con su evidente placer al machetear la carne, detrás de su mandil de hule todo salpicado de rojo.


Terminamos de comer, pagamos la cuenta, dejamos la propina y caminamos a la parada mientras me lamía los caninos, cual león recién tragado. Si bien me había dado mucho gusto conocerle la enamorada al Jack, mientras esperábamos el trolebús, fue inevitable decirle mi opinión:


—Mi querido Jack, ahí te va lo que pienso; en primera, tú y Juanita están bien enamorados, eso cualquiera lo puede ver; luego, esa barbacoa ha sido de las mejores que he comido en toda mi vida.

¡Tiene buena sazón la muchachita, eh! Está fuerte el olor a grasa, pero no tengo ningún reparo. Lo que sí es que, la mera verdad, no me gustó mucho que hubiera harto perro por ahí hurgando entre las patas. Eso me pareció insalubre.


Jack se despidió de mí con su característico silencio, agarré mi camión, él se encaminó hacia el metro, ¡y nada más llegué a casa, me dio una diarrea de no contarse!


—Es que no comí... ¡tragué! Pensé, y con esa resolución asumí mi indigestión por haber querido comer las mismas industriales cantidades de comida que Jack.


Si bien Jack siempre me pareció una especie de niñote bonachón, luego de aquél día percibí molestia en su persona. Me contestaba el teléfono como que a fuerzas, me platicaba poco. Jack estaba enojado, no sé si porque le dije que su amada Juanita era guapa y le dieron celos o porque le dije que me parecía desagradable que permitieran tanto perro dando de vueltas bajo las mesas del lugar que ella atendía.


Entonces un sábado de plano Jack ya no me marcó. “Sí se enojó mucho”, pensé.


Jack era un tipo bueno, tenía el apetito de un tigre, pero el corazón de un ternerito, por lo que, pensé, el enojo no le duraría bastante. Llegó la siguiente semana y tampoco me llamó. Allí la cosa me empezó a parecer extraña, por lo que, entonces, decidí marcarle yo.

El teléfono dio tono, pero nunca más me volvieron a contestar.


Decidí ir a buscar a mi amigo hasta su domicilio, me parecía raro que en dos semanas no me hubiera hablado. Rentaba en la unidad de Tlatelolco, esa que quedó bien dañada luego del 85. Toqué la puerta varias veces sin éxito. Luego de un rato de estar friegue y friegue, una señora se asomó del departamento contiguo y yo le pregunté por mi amigo Jack.


—Hace más de dos semanas que no lo vemos. Pensábamos que se había regresado a su país, ya ve que es inglés.


Del orgullo del amigo molesto pasé a la preocupación del hermano desesperado. Jack no tenía familia en México, no podía irse a ningún lado sin avisarme. Yo sabía que algo andaba mal.


Entonces emprendí una larga cruzada por todos los lugares que él frecuentaba. Entre taqueros y comales, entre cucharones y pepinos, crucé la ciudad de punta a punta preguntando por él en sus lugares preferidos. Entre tanta tragadera, a veces la preocupación por mi amigo se me evaporaba.


¡Con razón el Jack siempre anda tan contento! Pero luego recordaba que andaba buscando a mi amigo desaparecido, me daba un poco de culpa, le daba un trago a mi refresco y regresaba a mi labor.


—Ah, sí, el güero grandote. Sí, sí es cliente, pero ya tiene rato que no lo vemos.


Luego de otros siete días de búsqueda (tres semanas ya desde nuestra última comunicación), el caso se fue cerrando hasta llegar a dos certezas: una, que hacía veintiún días que Jack se había esfumado; como quien dice: se lo tragó la tierra; la otra era que, según los testimonios y mis deducciones, el último lugar que visitó fue la famosa barbacoa de Taxqueña.


—Sí, hace como dos semanas que pasó por aquí, hasta se me hizo raro que ya no viniera, pues venía seguido y esperaba a que la muchacha de las carnitas terminara de trabajar.

Eso me dijo el señor de las revistas de allá del paradero, por lo que me fui directo al changarro a preguntar por Jack. Mi amigo no podía simplemente consumirse en la nada y todos los cabos me llevaban a esa barbacoa y hacia esa mujer.


—Uy, no, joven, nomás de pronto ya no me habló. A lo mejor se consiguió otra novia y se escaparon juntos. Pero pásele, lo atiendo como si usted fuera él.


Eso me dijo la mentada Juanita mientras se lamía los labios cuando le pregunté por Jack. Me dio coraje y me fui.


Cómo me acuerdo de mi abuelo cuando cuento la historia del Jack. Decía mi tata Gonzalo, que Dios lo tenga en su gloria: allá en el pueblo nosotros matábamos la gallina, nosotros íbamos al pozo, nosotros preparábamos el nixtamal; ¿tú sabes de dónde viene, qué es y por dónde pasó eso que te estás metiendo al hocico? Bueno, pues también uno debería preguntarse a dónde nos lleva lo que nos estamos comiendo, y en todos los sentidos, lo sabrá bien el Jack, ¡ja, ja, ja, ja!


La cuarta semana me la pasé trasnochando y preguntándome qué habrá sido de mi amigo. Fui a los anfiteatros de Coyoacán, de la Benito Juárez, de Iztapalapa. Me pasé dos días completos buscando en los hospitales de acá por Tlalpan. Nada, nadie sabía nada de mi amigo Jack.


Pero algo me decía que tenía que volver a preguntarle a la muchacha de la barbacoa, a Juanita, pues yo intuía con mucha fuerza que ella fue la última persona que lo vio y que algo me escondía.


Llegué un sábado en la tarde aquí al paradero. Aguardé a la distancia, detrás de un periódico que ojeaba sin atención. Estaba esperando que la noche cubriera la zona para confrontarla y obligarla a revelarme dónde estaba mi amigo. Y cuando el cielo dejó de ser gris, cuando el paradero se volvió silencioso, un Fulano llegó por la Juanita, se fueron del brazo y, antes de darme tiempo de arrojarme hacia los dos, un anciano que limpiaba la basura, con su típico traje anaranjado, me dijo:


Aguas, joven, no se meta con La taquera. ¡Aguas! Así como la ve, quién sabe de qué cosas sea capaz. Ya tantos años aquí con mi escoba en esta terminal de camiones, ¡tantos hombres que le he visto desfilar! Lo de su marido fue un misterio, y luego lo de su otro novio, y luego lo del otro, y así quién sabe cuántos caballeros más. Hace como tres o cuatro meses la venía a ver un muchacho grandote, blanco y de ojo claro. Se me hace que el muchacho ni era de aquí. Bueno, sé que la venía a ver casi diario porque pues diario yo tengo que pasar por aquí a barrer. Y de aquí se iban para la casa de la muchacha, porque iban y agarraban aquel camión, aquél que ella siempre toma. El caso es que hace como cuatro semanas la vino a ver bien noche, se metieron al negocio y bajaron la cortina. Yo creo que hicieron lo suyo, salieron ya bien madrugada, se fueron juntos de la mano y pos ya, hasta ahí lo volví a ver. ¡Ay, pobre muchacho!


¡Si usted no es el primero que viene a preguntarle a La taquera por su conocido, por su pariente, por su amigo! Por eso le digo, ¡aguas, aguas con La taquera!


¡Ay! ¡Ahí viene mi camión! Bueno, joven, un gusto haber platicado y que vaya usted con Dios.


Perdóneme haberlo interrumpido. ¡Que pase buena tarde y que tenga buen provecho! ¡Ja, ja, ja,ja!



 
Fabián Gutiérrez López

(CDMX)

Egresado de la licenciatura en Filosofía, de la maestría en Filosofía Política por la UNAM y del diplomado en diseño Instruccional por la Universidad Anáhuac. Desarrollador de e-learning de profesión, cuentista y poeta por necedad. Entusiasta

de los clásicos griegos y de la prosa mexicana del siglo XX. Ha publicado en medios como Protrepsis (UADG), Revista Leer+ (Librerías Gandhi), Metáforas (UAEM), así como en revistas digitales como Revista Katabasis, Elipsis Revista, Nocturnario, Revista Rito, entre otros.


 

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julio 2023

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