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El ave y el junco

Cuento Interlatente de Arturo Gálvez
 




Soledad era su nombre, en verdad le asustaba lo mucho que esa palabra resonaba en su corazón. A pesar de haber sentido por muchos años que algo en su vida le faltaba, algo que no lograba comprender, Soledad aprendió a ser fuerte, era una joven de oscuros cabellos, nariz prominente, ojos grises, manos duras y paso firme. Hija única de una humilde pareja de pescadores, nacida en un asentamiento aislado del resto del mundo, una gran construcción de piedra que se alza en una extensa llanura de interminables pastizales, agitados día y noche por fuertes vientos. Un día Soledad desapareció, encontraron su ropa y sus herramientas a la orilla de una laguna, pero de ella no quedó nada, fue como si su cuerpo se hubiera transformado en polvo para luego ser disipada por el embate violento del viento.


Desde pequeña Soledad visitaba a menudo lugares que solo existían en su mente, pasaba horas contemplado como las aves jugaban por encima del despoblado y se imaginaba a sí misma acompañándolas más allá del horizonte, hasta las tierras que sus familiares y vecinos siempre evitaban mencionar en presencia de los jóvenes, porque según ellos eran mejor quedarse donde estaban, viviendo tranquilos, viviendo juntos, simplemente viviendo. 


Después de todo, los más ancianos hablaban de cosas terribles y extrañas que moraban más allá del horizonte, tras montañas y densos bosques. Soledad conocía tales lugares solo por nombre, su pueblo vivía en la llanura desde hacía muchas generaciones, naciendo y muriendo en ella sin siquiera haber visto las montañas que supuestamente la rodeaban. 


La vida era simple, se pastoreaba al ganado, se sembraba, se pescaba, se minaba y luego todo se almacenaba dentro del gran asentamiento, porque una vez al año se desatan vientos tan fuertes que pueden arrancar a un hombre adulto del suelo, así vivían durante tres meses, protegidos por gruesas paredes y un techo abovedado cuyo interior salpicado de minerales imitaba el brillo del cielo nocturno. Soledad no encontraba mucho consuelo en aquel cielo falso que algún día quizás terminaría por derrumbarse ante el cruel empuje de los elementos.


Soledad recordaba con cariño aquellos días de encierro en su infancia, cuando su madre sacaba viejos libros escritos en lugares desconocidos, antes de que el asentamiento fuera construido, ella los narraba ante la cálida luz de los cristales, mientras la pequeña Soledad y su padre la escuchaban. Aquellas historias la acompañaban siempre, especialmente durante los ocupados meses restantes cuando su padre la llevaba a recorrer la llanura en busca de los lagos que aparecían y desaparecían según el capricho de las lluvias. Los lagos que nunca se secaban eran peligroso, así le decía su padre, sus aguas llevaban a profundas cavernas y aunque la pesca podía ser abundante existía el riesgo atraer la atención de algún depredador.


Su padre era un hombre precavido, propenso al silencio, la vida en el llano era dura, el hombre caminaba durante días bajo un sol tenue que apenas alcazaba a ofrecer algo de calor, buscando las aguas ricas en minerales donde los bancos de pesces se reúnen, saliendo del frío subterráneo para buscar comida. Llevaba siempre consigo una larga lanza de piedra tallada y mientras avanzaba iba tirando de un carrito con una soga amarrada a su cuerpo. Ahí colocaba sus redes, una tienda para pasar la noche y una pesada bolsa de cuero llena de fríos cristales cuyo propósito era mantener la pesca fresca hasta su regreso. Soledad siempre prefirió acompañarlo antes que quedarse en el asentamiento, cosa que su padre permitía de buena gana a pesar de las constantes quejas de su esposa, quien mantenía que el llano no era lugar para las mujeres, especialmente para una joven. Incluso cuando una enfermedad, impulsada por el pesado paso del tiempo, se llevó a su padre, Soledad siguió aventurándose al llano en busca de su sustento. 


En ese entonces ya tenía veinte años y, para disgusto de su madre, era la única joven del asentamiento que aún no estaba comprometida. Durante mucho tiempo los pretendientes de Soledad habían procurado mantener distancia, pues ella se mostraba en el mejor de los casos indiferente ante sus proposiciones, pero si estas se volvían demasiado insistentes la indiferencia se transformaba en un frío desprecio. 

Además, estaba el padre de Soledad, un hombre imponente y respetado por los suyos.  Cuando su esposa le pidió que obligara a su hija a contraer matrimonio simplemente dijo “no”. Por más que su mujer le pidiera explicaciones el hombre se negó a argumentar su decisión, jamás habló con Soledad al respecto y ella al notar como evitaba el tema le agradeció enormemente en su corazón. Al llegar el momento de su ausencia los pretendientes volvieron, sus acciones, cada vez más atrevidas, fueron inclinando cada vez más al corazón de la joven a buscar la bastedad del llano por largos periodos de tiempo, esta vez sin compañía, a pesar de que estar lejos del resto de los suyos le doliera. Aquellas jornadas las pasaba en paz, siguiendo los senderos de su pueblo hasta las zonas más alejadas, constantemente buscando con la miraba las parvadas que delataban la ubicación de los lagos. Incluso comenzó a explorar las partes del llano a donde los hombres del asentamiento solo se atrevían a entrar en grandes grupos, pues los pastos se alzaban cubriendo incluso el horizonte, dificultando la orientación y ocultando potenciales peligros.



Atenta a cualquier sonido, la joven dormía con la lanza de su padre a la mano y soñaba con las tierras extrañas más allá del horizonte. Cuanto más se alejaba del asentamiento en sus expediciones más tenía que apresurarse en volver antes de que llegaran los meses en los que los mortales vientos sumen la tierra en caos, cuando todos los seres que habitan el llano emigran o se ocultan bajo tierra. 

Así vivió Soledad hasta el día en que salió del asentamiento por última vez, tenía 23 años, su madre lloró amargamente su ausencia hasta el fin de sus días. 


Se encontraba en la zona de los altos pastizales, la joven iba siguiendo el canto de las aves, y este le revelaría la ubicación de una laguna alejada de los senderos marcados por su gente. Para su sorpresa a la orilla del agua se alzaba un gran árbol de hojas violeta. Aquello era una visión de ensueño, los árboles en el llano son una autentica rareza y su madera es increíblemente apreciada por el pueblo. Soledad se acercó a observar como el viento mecía sus ramas, causando que algunas hojas se fueran esparciendo por la superficie de la laguna, contrastando hermosamente con las aguas cuyo fondo era inalcanzable para la vista.


Estaba anocheciendo, la joven decidió montar su tienda bajo la sombra del árbol, sus hojas desprendían un aroma que jamás había sentido. Esa noche Soledad no soñó con tierras lejanas, con montañas y bosques. Fue la única noche que vio su hogar, iluminado con cristales, escuchó la voz de su madre narrando historias con palabras que no comprendía, vio la espalda de su padre cortando el tenue sol, avanzando por el llano mientras que ella era tan pequeña que cabía en el carrito de carga tal como en su infancia. En medio de su sueño Soledad escuchó un estruendo.

Al despertarse Soledad se dio cuenta de que todo estaba en silencio. Los pájaros no habían acudido a la laguna, el viento apenas y se hacía notar. Salió de la tiendo con la lanza de metal en mano y recorrió las cercanías en busca de cualquier señal que delatara la presencia de un depredador. 


De repente la superficie de la laguna comenzó a agitarse, primero desde el centro, las ondas llegaron hasta la orilla y desde la oscuridad apareció el rostro de una joven.

Su cabello era blanco, sus ojos brillaban con un color que a Soledad le recordó al ámbar. La joven permaneció en el agua, observándola fijamente. 

Soledad colocó su arma en el suelo sin despegar la vista de la extraña. Aquello superaba cualquiera de sus sueños, ninguno de los antiguos libros hablaba de otras personas ahí afuera y la joven, aunque en apariencia era humana, claramente no pertenecía a su pueblo. 


La extraña se fue acercando lentamente a la orilla, mientras su figura, alta y delgada, iba emergiendo de entre las aguas Soledad dio un paso atrás, jamás había escuchado de monstruos con forma humana, pero las constantes advertencias de su gente la mantenían alerta. 


Sin embargo, la mirada de la extraña no revelaba nada más que curiosidad, ahora estaba casi por completo fuera del agua, estaba desnuda, Soledad pudo notar que sintió un escalofrío como si el agua estuviera a una temperatura más cálida que el exterior. Comenzó a frotarse para tratar de entrar en calor, luego le dirigió a Soledad unas palabras en una lengua desconocida. 


Después de unos instantes en los que la extraña la observó temblando de pie a la orilla de la laguna Soledad reaccionó y se dirigió a su tienda, volvió con una manta y tras dudar por un segundo se acercó lo suficiente como para dársela.  


Soledad permaneció medio día esperando a que los peses volvieran, claramente la extraña los había asustado. Ahora permanecía sentada en la orilla, Soledad le había dado ropa, estaba observando a las aves, las veía posadas en el árbol, revoloteando entre el pastizal y sumergiéndose de repente para emerger con pequeños pesces brillantes ensartados en sus alargados picos. 


Aquello no tenía sentido, la extraña joven observaba todo como si lo viera por primera vez, pero no podía tratarse una viajera proveniente de algún lejano pueblo. Por otro lado, la joven podía haber venido del subterráneo, arrastrada accidentalmente hasta la laguna por traicioneras corrientes. Si este era el caso la joven tenía suerte de haber salido con vida. Sin embargo, el subterráneo según ella sabía, no es un lugar donde seres humanos puedan vivir, pues está infestado de grandes insectos, reptiles antropófagos y cosas peores, seres sin ojos con largas garras, picos rojos y piel rosada que sobreviven bebiendo sangre.


Tras recoger sus redes, Soledad volvió a la orilla y avivó un fuego. La joven la observaba y mientras lo hacía comenzó a dibujar con sus dedos símbolos en la tierra. Soledad se acercó para mirar su obra, la joven comenzó a señalar a las aves y luego a uno de sus símbolos, luego al fuego y mientras lo hacía decía una palabra. 

Soledad fue repitiendo sus palabras, decirlas se sentía extraño y emocionante, la joven sonreía. Después la joven se colocó una mano en el pecho y pronuncio lo que Soledad intuyo era su nombre. Ella era Xohmali, que en la lengua de su gente significa “la que es como un junco florido”. 

Finalmente, Xohmali señaló a Soledad, pero ella permaneció en silencio. 


Después de comer, Soledad recorrió las cercanías de la laguna, atenta a cualquier señal de peligro, hubo un momento en que le pareció escuchar algo, pero era difícil distinguir algo que no fuera el vibrar de los altos pastos agitados por el viento. 

Al volver al campamento Soledad comenzó a escuchar un canto, tenue pero claro, era la voz de Xohmali. Aquella melodía, distinta a cuantas había escuchado en toda su vida avivó de nuevo la imaginación de Soledad, estaba intrigada por aquella mujer que pertenecía a un pueblo desconocido. Comenzó a preguntarse cuál sería su historia, en qué escenario maravilloso tomaban lugar sus recuerdos. Algo estaba claro, extrañaba su hogar, pero al igual que ella, había algo que no había podido encontrar ahí, podía sentirlo, en ese canto inentendible había un profundo anhelo. Soledad permaneció a cierta distancia antes de que la joven terminara de entonar su canción. 


Estaba anocheciendo y claramente Xomali no tenía a donde ir, haciéndole señas Soledad la invitó a su tienda. El interior estaba levemente iluminado por un cristal cerúleo que soledad mantenía descubierto cuando pasaba la noche en vela. 

La tienda no era muy espaciosa, pero Xomali se veía cómoda, estaba abrazando las gruesas mantas de piel con las que el pueblo de Soledad se cubría durante las frías noches en la llanura, su calidez le hacía pensar en su hogar. Soledad no había dejado de observarla, sus ojos de ámbar relucían ante la luz azulada del cristal. Xomali le devolvió la miraba. Fue como si algo en su interior hubiera estado dormido hasta ese momento, una emoción nueva que ahora veía la luz al encontrarse con aquella miraba reluciente. 


Y junto con esta nueva sensación de felicidad también apareció una angustia nunca antes sentida, fría y afilada. Pero comenzó a disiparse al sentir de repente la mano de Xomali en su rostro. La joven le sonreía y Soledad se dio cuenta de que aquellos ojos veían a través de ella, a través de su anhelo y su miedo. 

Soledad nunca había permitido que le ofrecieran un beso, pero esa noche recibió más de uno y los devolvió todos sumida en una alegría que jamás había conocido. 


Soledad durmió sin soñar y al abrir los ojos se encontró sola en su tienda. Comenzó a temer que en realidad hubiera estado soñando despierta, peor al salir la vio paseando por la orilla. Al llegar el medio día, Xohmali se despojó de la ropa que Soledad le había prestado y entro a la laguna mientras le hacía señas para que la siguiera. 


Así se encontraban las dos, sumergidas hasta la cintura, salpicándose, riendo, agitando las aguas mientras se perseguían, abrazándose cuando alguna alcanzaba a la otra. Cuando el viento comenzó a soplar con gran fuerza, de entre la espesura más allá del árbol llegó otro sonido. El pasto comenzó a vibrar y Soledad sintió un escalofrío. 


Era un ser alto, tan alto como el árbol, delgado, su color era el mismo que el de los pastizales, manteniéndose oculto a simple vista, moviéndose solo cuando sopla el viento para ocultar sus pasos. Sus largas extremidades terminaban en múltiples protuberancias como ramas afiladas. El rostro de la bestia estaba salpicado de oscuros y pequeños ojos inexpresivos, en su cabeza se alzaba una larga protuberancia que también imitaba la parte más alta del pasto, sus dientes eran lo único que traicionaba su disfraz, eran rojos y le otorgaban una apariencia cruel a la silenciosa bestia. 


Soledad estaba paralizada, su arma estaba dentro de la tienda, pero incluso con ella no estaba segura de poder vencer a un ser tan grande sin perder la vida. Pero no había tiempo para dudar, se puso frente a Xhomali, lista para correr hasta la tienda con todas sus fuerzas. En el instante en el que comenzó a moverse la criatura empezó a abrir y cerrar la mandíbula con rapidez produciendo un sonido vibrante producto del entrechocar de sus dientes. Luego se detuvo y en un suspiro se abalanzó hacia la laguna mientras el viento aullaba. 


Soledad sintió los brazos de Xohmali cubriéndola, y luego fue llevada con fuerza bajo el agua. En la oscuridad vio como los ojos de ámbar de la joven comenzaron a resplandecer. Después un gran estruendo ensordecido por las aguas resonó y el brillo encegueció a Soledad mientras Xomali usaba todas sus fuerzas para mantenerla en sumergida entre sus brazos. De repente Soledad sintió algo extraño, las aguas antes frías y oscuras ahora eran cálidas y de un color que ella solo había visto en sus cristales cerúleos. Xohmali, agotaba flotaba sobre ella. Soledad comenzó a nadar a la superficie, levantando a la joven. Al salir del agua sus ojos resintieron la aparición de una luz nunca antes vista, emitida por un sol brillante en un cielo despejado. 


La madre de Soledad quedó inconsolable, cuando tras mucho tiempo los exploradores volvieron con la ropa y la lanza de piedra su corazón, siempre atormentado por la angustia, terminó por romperse. Dejó de leer, pasó sus días en soledad, culpándose siempre a sí misma, por no haber podido convencerla de quedarse, de ser feliz como ella lo había sido cuando su marido vivía.  Así la mujer llevó ese dolor consigo hasta que un día, cuando su cuerpo terminó por fallarle, su marido regresó a su lado. En realidad, siempre había permanecido a su lado. Entonces, sonriendo, el hombre le narró cómo su hija querida seguía con vida, en una tierra donde el sol brilla con fuerza y el viento es sereno, cómo había adoptado un nuevo nombre en otra lengua, y que ahora amaba tal y como ellos habían aprendido a amarse. 


Soledad fue su nombre, pero Xohmali la conoció como Alanahtli “la que es como un ave pescadora”.


 

Interlatencias Revista

diciembre 2023

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