top of page

La posada de los muertos

Cuento Interlatente de Génesis García
 


David abrió los ojos de golpe y se incorporó con un jadeo, desorientado y sin aliento. A su alrededor una oscuridad absoluta, espesa y aterradora, casi tangible, se extendía como un manto impidiéndole ver a un palmo de su nariz. Se llevó una mano al pecho, temblando, esperando encontrar los latidos acelerados de su corazón. Lo que encontró, sin embargo, fue… nada. Ni un latido. Llevó dos dedos a su cuello y luego a su muñeca, buscando el jodido pulso sin éxito. Nada. No tenía pulso palpable. Pero, eso no podía ser, ¿verdad? Es decir, estaba ahí, en… alguna parte, respirando (respiraba. ¿cierto?), despierto, consciente… Se levantó sin dificultad y palpó su cuerpo, buscando heridas, buscando sentir algo. Nada. Ni heridas, ni lesiones, ni dolor, ni nada, en realidad. No sentía nada.

– Esto no puede estar pasando– balbuceó, comenzando a angustiarse– Debe ser un sueño. Es un sueño. Voy a despertar dentro de poco y mi mujer me pedirá que levante a los niños. Comeremos avena al desayuno y luego montaré mi auto…– enumeró, con una extraña sensación de déjà vu invadiéndolo lentamente– Montaré mi auto y luego… y luego… ¡y luego mi auto va a chocar de frente con un puto camión de cervezas! – murmuró, llevándose las manos a la cabeza mientras los recuerdos bombardeaban su cerebro, haciéndolo gritar, sobrepasado por las emociones y el terrible golpe de la realidad.

Cayó de rodillas sobre el suelo, balanceándose hacia adelante, sin poder dejar de gritar, llorar y gemir de dolor y tristeza. Lo recordaba todo. Recordaba el pánico mordiendo su piel cuando vio la enorme cabina del camión acercándose a toda velocidad; la tristeza invadiendo su alma al pensar que no volvería a jugar con sus hijos, que no los vería crecer, que no contemplaría de nuevo la sonrisa de su mujer ni podría hacerle el amor una última vez y luego, el dolor físico cuando las toneladas de metal caliente impactaron contra su pequeño compacto, comprimiendo sus huesos como si se tratara de una lata y convirtiendo su cuerpo en una masa sin forma. Ahora que lo pensaba, recordaba incluso la forma en la que su cabeza se separó de su cuerpo y voló por los aires hasta estrellarse contra el suelo y aplastarse como un melón maduro. “Pobre Beatriz”, pensó, imaginando el momento en el que su pobre esposa se viera obligada a reconocer su cuerpo destrozado. “¿Qué pasará con ella? ¿Con mis hijos? ¿Con mis padres? Los dejé solos… me fui y los dejé a su suerte…”.

– ¿Por qué? – reclamó, golpeando el suelo oscuro con los puños– ¿Por qué, por qué, por qué? ¿Por qué ahora? ¿Por qué así? 

– Porque la vida es una perra, por eso– respondió una voz despreocupada a su lado. Alzó los ojos sorprendido, encontrándose con un hombre moreno, de cabello rizado, ojos penetrantes y apariencia elegante que lo miraba desde arriba con las manos hundidas en los bolsillos– ¿O debería decir la muerte? No lo sé, en realidad. Quizás ambas. 

– ¿Q-quién eres tú? – preguntó David, mirándolo con desconfianza. 

– Federico García Lorca, a tu servicio– saludó el desconocido, extendiéndole la mano con una sonrisa de medio lado. 

– ¿Quién? – graznó, apartándose de él de un salto, sin coger la mano que le ofrecían. Todo se sentía tan irreal, tan bizarro, tan… extraño que hacía su cabeza dar vueltas y vueltas. 

– No sé si sentirme ofendido por tus horribles modales o enojado con el sistema educacional del país… ¿nunca leíste mis obras? ¿Pacto de sangre? ¿La casa Bernarda Alba? ¿Yerma? – David negó y Federico bufó, enviando uno de los rizos de su cabello por los aires– Vaya con el niño… 

– Escucha, yo no sé quién seas, pero, por favor… ayúdame a entender qué está pasando…– suplicó David, acercándose a él de rodillas– ¿Esto es un sueño? ¿Voy a despertar? ¿Puedo regresar con mi familia? 

– Me temo que no– replicó, con tristeza– Esto es el purgatorio. O, algo así, no recuerdo bien mis clases de catequesis. Lo que sé es que es una especie de… lugar de tránsito, por así decirlo. Se supone que algo tenemos que expiar aquí antes que el Gran Jefe decida donde enviarnos. Pero, honestamente, no sé qué tan “de paso” será esta situación. Imagínate, me asesinaron en el 36’ y sigo aquí– explicó, encogiéndose de hombros con gesto indiferente. David gimió y la expresión desolada en su rostro se ganó una sonrisa de simpatía del autor– No te preocupes. No está tan mal. Ven conmigo, te llevaré a un lugar que te gustará…– ofreció, extendiéndole una mano para ayudarlo a levantarse. 


David suspiró y cogió la mano que le ofrecían, levantándose del suelo con un quejido. Su mente seguía dando vueltas y vueltas, sin ser capaz de encontrar la lógica en su, aparente, nueva realidad. De momento, seguiría la corriente y se dejaría llevar. Al menos, ya no estaba solo. Federico lo guio entre las tinieblas con paso seguro. Pese a que la oscuridad era impenetrable, él parecía seguir una especie de camino entre las sombras. A lo lejos, escuchó el eco de muchas voces disonantes, acompañadas de música y risas que iluminaron poco a poco la negrura que los rodeaba. Federico sonrió y apuró el paso, guiándolo en dirección de lo que parecía una posada o una taberna que se materializó a la distancia. Era una construcción de piedra y mortero, de apariencia muy antigua, pero, de algún modo, lo hizo sentir reconfortado con sus luces cálidas enfrentándose valerosamente a la oscuridad circundante.  


– ¿Qué es este lugar? – preguntó, admirando el edificio y observando a través de las ventanas a la multitud de personas que se reunía dentro, departiendo con alegría alrededor de sendas pintas de cerveza, mientras una banda tocaba en el fondo. 

– Este lugar es la Posada de los Muertos, querido amigo. Es, digamos, una forma de pasar el tiempo. Nuestro baluarte contra la nada. Ven, te presentaré a algunos amigos– le dijo el autor, cogiéndolo por un brazo para arrástralo al interior de la taberna. En cuanto abrieron la puerta, todas las cabezas se giraron hacia ellos y David se encogió, cohibido, mientras Federico alzaba su brazo, en gesto triunfal– ¡Traigo carne fresca! – anunció y los presentes lo recibieron con un grito de alegría. 

– Bienvenido, forastero– saludó una joven pelirroja, extendiéndole una pinta de cerveza servida en un tarro de madera– Mi nombre es Amelia Earhart…

– ¿La piloto? – murmuró, ganándose una sonrisa de la mujer, y una mala mirada de parte de Federico. 

– La misma– afirmó, contenta, mientras el autor se llevaba las manos a las caderas y lo miraba con un mohín ofendido. 

– ¿Por qué a ella la conoces? – se quejó, haciendo reír a la pelirroja. 

– Mi hija tuvo que hacer una presentación sobre su vida…– explicó, cohibido– Creí que era norteamericana. Habla muy bien el español…

– Aquí no hay idiomas, amigo– explicó García Lorca, rodeando sus hombros con un brazo mientras lo guiaba al interior– No hay idiomas, ni religiones, ni tiempo, ni límites, ni muerte, ni final. No hay nada, la realidad se limita a lo que puedas imaginar. Fue así como creamos esta taberna. Decidimos que queríamos un sitio para reunirnos y apareció. Mira, allí está Neruda, bebiendo con Machado. Y el de la toga amarilla es Lao Tsé. Él y Platón discuten todo el tiempo, pero, son buenos amigos. Por allí tienes a Descartes, Newton y Einstein. Y, si te gusta la música, allí tienes a Kurt Cobain, Janis Joplin y Amy Winehouse. Una chica muy talentosa, te lo digo yo… 

– ¿Solo vienen famosos o qué? – preguntó David, mirando a su alrededor, encontrándose con Prince y Michael Jackson bebiendo en un rincón, mientras que Richard Harris y Marlon Brando jugaban a las cartas en una mesa junto a la barra. 

– Aquí todos somos amigos: la fama o la fortuna que pudiste tener en vida aquí no sirve de nada. Aquí hay reyes y campesinos, obreros y artistas, escritores, militares, deportistas y contadores. Mira, allí está Antonio, tu cartero. Y la señora Concha, la del almacén de tu pueblo. La muerte puede ser una perra, pero es una perra justa. Muy democrática, si me permites decirlo. Todos somos iguales una vez que nos ponen bajo tierra. Nadie se lleva nada a la tumba…– Federico suspiró con satisfacción, mirando a su alrededor con algo que solo podía definirse como cariño. 

David recorrió el amplio salón con la mirada y suspiró en voz baja. Era un sitio extraño, pero cálido y fascinante al mismo tiempo. Los que allí se encontraban parecían a gusto con su situación, felices de alguna manera. Quizás, con el tiempo, él también podría sentirse cómodo con sus nuevas circunstancias. Quizás, incluso, algún día (esperaba que muy lejano) pudiera reencontrarse con su familia. 


– ¿Hay alguna posibilidad que algún día vuelva a ver a mi familia? – preguntó en voz baja, con la mirada perdida en la nada. Federico suspiró y palmeó su espalda, cariñosamente. 

– Como dije: aquí todo es posible. Ahora, bebe eso. Ya pensaremos en el mañana…–le dijo, sonriente. 

– Salud – respondió David, con los ojos llenos de lágrimas. 

– Salud, mi amigo. Y bienvenido a la Posada de los Muertos. 


 

Génesis García

(Chile, 1990)

Es historiadora y escritora. Se crio entre libros de segunda mano (cortesía de un padre amante de la lectura) y el caos provocado por tres hermanos menores. Desde niña sintió el llamado de las letras y, desde entonces, no ha parado de escribir, ignorando los reclamos del síndrome de túnel carpiano. Le gusta escribir porque ama sentirse Dios y crear un mundo a su imagen y semejanza en el que todo es posible y ella tiene el control. Ha publicado en más de una veintena de revistas literarias y antologías. 


 

Interlatencias Revista

diciembre 2023

Commentaires


  • Blanco Icono de Spotify
bottom of page