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La reescritura

Ensayo Interlatente de Beto de Bianchetti
 

Ricardo Piglia solía referir en conferencias y charlas su primera entrevista con Borges. Simulando vergüenza, contaba que en el cierre de aquel encuentro se había atrevido a criticarle el final de “La forma de la espada”, a lo que Borges le contestó: “¡Caramba, usted también es escritor!” Con esta anécdota de juventud que lo tiene como objeto de una burla, Piglia resaltaba lo que sostuvo siempre y era el eje de su exposición: que el escribir, el ejercer la escritura, hace leer distinto.


Para Piglia, siempre hay un procedimiento que guía, y el escritor, cuando hace de lector de textos ajenos, intenta encontrar tal procedimiento, se distancia, trata de ver cómo está hecho y de entender su mecanismo. Lee en función de una escritura posible.


Al avanzar en el intento de la escritura, los nóveles lectores-escritores van abandonando la lectura “ingenua”, la que deleita con la historia y sólo con ella. Van aprendiendo a desarmar la maquinaria, a leer preguntándose “¿Cómo hizo?”, “¿Qué hizo acá?”, “¿Qué es esto que me provoca esto?”. Aprenden a disfrutar no sólo de la inspiración sino también del artilugio. Mientras al escribir se buscan los artificios útiles para darle forma a la fábula, al leer se descubren esos artificios en los textos ajenos. Ahora se lee más alto, más lejos, más rico. Pero, cuidado. Aquella lectura ciega a estos nuevos aspectos era tan valiosa como placentera. ¿Qué lectura no lo es? ¡Cuánta acumulación de cosas bellas y de pensamientos regaló! Estamos hechos de nuestra infancia y juventud. Vale sospechar, además, que en esta transformación de lector naïf a lector-escritor han quedado en el camino, lamentablemente, muchas cosas lindas.


Sigamos. En consonancia con Piglia, pero tironeando desde el otro extremo, Martín Kohan sostiene, que en la escritura está funcionando todo lo que uno leyó, que el yo escritor le debe todo al yo lector. “Todo, todo”, insiste. Para la tarea de la reescritura, este juego sin fin de lectura-escritura es medular.


En uno de los artículos de la contratapa del diario Página/12 de Buenos Aires donde semanalmente solía escribir, Noé Jitrik trata el tema de la corrección y la reescritura. Explica que el escritor tiene conciencia de que lo que ha puesto en el papel no es escritura aún, y que el amor por su texto lo lleva a una serie de operaciones implacables para lograr el mejor resultado posible. Sospecha que aquel fin deseado no se logra nunca.


Amar el propio texto producido es no enamorarse de la gracia o del sonido de una palabra. Tampoco de la supuesta inteligencia o de la presunta poesía de la frase, por más que nos conmueva y alegre que haya sido nuestra creación. En general, los talleres de escritura se esfuerzan en que el aprendiz lo aprenda. Si amamos el texto, debemos desechar esas palabras fallidas sin titubeos (o con ellos), de ahí que valga la pena tomar lo “implacable” de Jitrik. Para hacerlo, tenemos que reprimir la vanidad y dejar de lado el pequeño enamoramiento. Vale más la tecla “delete” que todas las demás juntas.


Alan Pauls en Fallar otra vez, se explaya de una manera graciosa sobre sus sufrimientos (siempre vanos) al emprender la corrección, sobre los grandes esfuerzos que requiere y sobre el valor de la reescritura inevitablemente imperfecta. Envidia y se asombra de Proust y de Joyce por esa compulsión a la corrección casi interminable. Los contrapone a Aira, a su necesidad de ir siempre hacia adelante ignorando los “errores”. El propio Aira explicó que su método es dejar atrás cosas que le salieron mal y repararlas en la siguiente novela. Si es que dice la verdad, Aira ejerce una extraña forma de antireescritura.


A Jitrik le resulta casi impensable que Balzac, Dostoievski, Dickens, hayan rehecho sus voluminosas novelas que, al parecer, salían perfectas de un tirón. La esposa de Tolstoi reclamaba coautoría por haber transcripto siete veces las mil cuatrocientas páginas de Guerra y paz. A García Márquez la editora lo obligaba a entregar los originales para que dejara de escribirles encima. Bolaños, siempre provocativo, recurría a una paradoja y afirmaba que se puede corregir durante toda una vida, pero que no se puede escribir durante tanto tiempo. Virginia Woolf en sus Diarios confiesa que está cansada de corregir, que se detesta por soltar palabras a chorros y que le dan ganas de suicidarse. ¡Cuántos otros ejemplos célebres y curiosos se podrían enumerar!


En sus textos, ni Jitrik ni Pauls se preocupan por diferenciar lo que es la corrección de lo que es la reescritura en un sentido más riguroso. Vale guiarse con la diferenciación que hace Mario Levrero en las conversaciones que mantuvo con Pablo Silva Olazábal, publicadas por éste. Llama “corrección” al trabajo técnico, mecánico, de buscar rimas, repeticiones no queridas, cacofonías, erratas, faltas en las reglas gramaticales y ortográficas. Diferencia la corrección de lo que llama “pulido”, la detección de factores de perturbación en la lectura, las cosas que el escritor siente que no están bien: alguna incongruencia, algo que suena mal. Denomina “refacción”, a quitar el fragmento que no marcha y hacerlo de vuelta buscando un clima similar al momento de la escritura inicial, aunque no se conserve nada del texto descartado.


Ya en el primer renglón del prólogo a Fervor de Buenos Aires, en sus Obras Completas, Borges sostiene que no había reescrito el libro, sino que sólo limó asperezas, tachó sensiblerías y mitigó excesos. Obviamente, para Borges la palabra “reescritura” tiene un significado menos abarcador.


Hablamos de la reescritura. El texto, al que vemos siempre incompleto, adolecente y necesitado, la convoca. Para poder realizarla, el escritor requiere tanto de una mirada casi microscópica como de una vigilante e implacable visión panóptica de todo lo escrito.


La reescritura no sólo es corrección o pulido, o refacción, sino un enriquecimiento. Reescritura es la manifestación de las nuevas vivencias que nos atraviesan a cada momento y que se transforman en experiencia. La transformación pigliana de lector a escritor-lector y la conciencia de lector en la escritura que enfatiza Kohan, son ejemplos de ellas.


Este mismo texto, como cualquier producción de cualquier género literario, no fue antes lo que es ahora. Y sufrirá otras reescrituras más, por supuesto. Siempre, para todos los textos, existirá la posibilidad de otras más. Es por eso que en el arte de la escritura llamar a ese círculo diminuto de tinta o de píxeles “punto final” no es más que una expresión de deseos.


 
Roberto de Bianchetti

63 años, dos hijas.

Soy argentino, de la ciudad de Buenos Aires. Licenciado en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes. Docente adscripto en la cátedra de Taller de narrativa I de la carrera. Guionista de obras de teatro y de cómics, varios de mis cuentos integran antologías publicadas en Argentina, España y Finlandia. Soy entrenador de hockey sobre césped. El texto corresponde a la introducción del ensayo que acompaña a la novela con la que hago mi defensa de la tesis en la universidad.

 

Interlatencias Revista

julio 2023

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