top of page

Madre

Cuento de Génesis García
 

– 133, ¿cuál es su emergencia policial?

– Maté a mi hijo...



“Feliz día, mamá”, dijo la enfermera mientras acomodaba al pequeño bulto lloroso y

sanguinolento sobre su pecho. Clara alzó las manos, temblorosas y las posó sobre el diminuto cuerpo que acababa de dejar el suyo en un acto absolutamente mágico: de la nada, había creado a un ser humano. Raimundo tenía cinco deditos en cada mano, una nariz pequeña como un botón, los ojos firmemente apretados y una escuálida mota de cabello negro en la cabeza. Parecía un muñeco, pero, no lo era. Era un pequeño humano, una persona, un alma que dependería absolutamente de ella. Y no sólo para sobrevivir. Toda su formación, todo lo que ella hiciera influiría en él: de ella dependería su futuro, su camino en la vida, su salud física y mental... un miedo total y avasallador la invadió y abrazó con más fuerza a su pequeño contra ella, como si quisiera fundirse con él, devolverlo a su interior.


Hasta el momento del parto, todo pareció perfecto. Raimundo fue un embarazo

deseado, planificado al dedillo. Rodrigo y ella tenían buenos empleos, un buen pasar

económico, una linda casa y la vida resuelta. Pasaron sus veinte entre viajes, conciertos y aventuras y luego, a sus treinta, decidieron que era momento de formar una familia. Lo intentaron por un par de meses y luego, ¡voilà! Ahí estaba. Un ser diminuto creciendo en su interior, moviéndose y haciéndola vomitar cada dos por tres. La maternidad siempre fue algo deseado para Clara: una idea romántica y dulce, la promesa de un amor incondicional que superaría a todos los amores de su vida. El lazo entre una madre y su hijo era algo que anhelaba vivir y por eso, pese a los cambios en su cuerpo, la incomodidad y sus hormonas enloquecidas, su embarazo fue un proceso feliz.


Y entonces Raimundo nació. Y todo se fue al carajo.

Clara soñaba con ser madre. Realmente lo quería, siempre lo quiso. Pero, nadie le dijo lo horrible que sería. Nadie le habló sobre el horror que sentiría al ver su imagen en el espejo luego del trauma del parto. Su cuerpo, antes hermoso y deseable (y en el que trabajó toda su vida) era ahora una especie de masa sin forma: sus pechos estaban hinchados, adoloridos y caídos, con los pezones en carne viva. Su vientre seguía hinchado, como si nunca hubiera dado a luz, surcado de estrías y manchas y su estrecha cintura había desaparecido por completo. Lo que no desapareció fueron las várices de sus piernas, ni tampoco el dolor de las hemorroides provocadas por el peso del niño en los últimos meses. Nadie le dijo que orinar dolería como el infierno, ni que su cabello se caería a mechones, ni que lloraría todo el día.

Siempre tenía hambre o sed y los dolores de cabeza no desaparecían.


Pero, debía soportarlo. Era una madre.


Raimundo lloraba día y noche, sin que nada lograra consolarlo. Vomitaba

constantemente y no se calmaba sino en sus brazos. “Son cólicos, es normal”, dijo el médico, con gesto indiferente. “Ya pasarán”, aseguró su madre, “querías ser mamá, esto es ser mamá”.

Claro. Eso era ser mamá. Mudar al niño diez veces al día, cambiarlo de ropa cuatro veces al día, poner la lavadora tres veces al día, amamantarlo cada dos horas, ponerlo a dormir cinco veces al día. “Las mamás no se quejan. Tú querías tener hijos, nadie te obligó”, repetía su madre una y otra vez. Clara asintió y siguió meciendo a su niño, pese a que su espalda estaba matándola, no podía dormir, ni comer, ni siquiera bañarse en paz. Se sentía asquerosa, su piel estaba pegajosa por el sudor seco, le pesaban los párpados y sus brazos se resentían. Sin embargo, asintió y siguió meciéndolo, pese a que sentía que se volvía loca por la falta de sueño y el dolor.


Pero, era una madre. Y era su deber soportarlo todo en silencio.


Estaba rodeada de gente, pero, nadie parecía querer ayudarla. Su madre y su suegra

la visitaban todo el tiempo, sólo para reclamar por algo diferente cada vez. “La casa está sucia”, decía su suegra, deslizando un dedo por sobre las superficies cubiertas de polvo. “Deberías levantarte y cocinar algo”, reclamaba su madre, molesta porque pidió comida para llevar de nuevo. “No puedes dejarte estar, hija. Esos kilos de más van a espantar a tu marido”.

Clara intentaba, siempre intentaba. Pero, nada parecía ser suficiente y las críticas se

acumulaban en su cabeza como una pila de basura que crecía y crecía cada vez más.


Y aguantaba en silencio, porque de eso se trata ser una mamá. Pero, a veces, cuando

nadie la escuchaba, susurraba al oído de su bebé cuanto lo odiaba.


La relación con su esposo también se resintió. Ya no cenaban juntos, ni bebían una

copa de vino mientras hablaban de su día. Todas sus escasas conversaciones giraban en torno al bebé. Rodrigo tomaba al niño un par de minutos al volver del trabajo y luego se lo entregaba de nuevo con la excusa que la extrañaba y que sólo se calmaba con ella. Los besos con los que la obsequiaba antes quedaron en el olvido y ya no la llamaba Clara. Ahora era “mamá”. Por las noches, cuando Raimundo despertaba llorando, Clara se levantaba y lo mecía de arriba abajo mientras su marido roncaba, perdido en el mundo de los sueños, sin inmutarse ni darse por enterado de las miradas de odio que le dirigía su esposa. “Te odio, te odio, te odio, te odio”, canturreaba Clara, pero, sólo para ella.


En silencio. Como debe hacerlo una madre.


Los días pasaron y pasaron y la mente de Clara se volvió cada vez más confusa, más

nublada. Apenas podía distinguir la línea entre la realidad y sus fantasías. Soñaba con irse lejos, muy lejos, donde nadie la conociera. Quería olvidar que una vez fue madre y esposa, que alguna vez soñó con esta vida: quería dejarlo todo atrás. Raimundo lloraba y Clara lo mecía, pensando en soluciones. Quizás si pusiera una almohada sobre su cabeza dejaría de llorar. O, quizás si lo dejaba caer, entonces dormiría para siempre; quizás si en lugar de leche lo alimentara con cloro... El rostro convulso de su bebé ya no la conmovía, ni sus sonrisas, ni el peso en sus brazos. Todo el amor que sintió cuando llegó al mundo se desvaneció poco a poco, como cenizas en el viento y ya sólo quería que todo terminara. Pero, nadie lo vio. Ni su madre, ni su suegra, ni Rodrigo. Nadie notó su cansancio, su miedo, su confusión. Nadie vio la mancha oscura creciendo en su interior mientras permanecía con la mirada perdida en el vacío que se extendía frente a ella, llamándola, llamándola.


Todos la ignoraron, porque era una madre y debía soportarlo.


Pero, un día, Clara respondió a la llamada de las voces en su cabeza. Cuando volvió en sí, el horror la devolvió a la realidad de golpe. Gritó al ver el cuerpecito de su hijo laxo entre las sábanas, gritó más fuerte cuando notó la sangre por todos lados y más cuando notó las tijeras en su mano. Aun gritando cogió el cuerpo de su niño y lo meció y lo meció, llorando en silencio, hasta que las lágrimas se secaron y ya no quedó nada dentro de ella. Vacía por dentro, cogió el teléfono y llamó a policía. Prefería que ellos la encontraran primero, no quería que Rodrigo llegara a casa y se encontrara con tamaño espectáculo. Cuando la policía arribó a la casa, veinte minutos después, sólo encontraron a una madre con su niño en los brazos; su sangre y la de él mezcladas en un charco en las sábanas, como el día en que Raimundo llegó al mundo. Ese día nació no sólo un niño, sino también una madre. Y así como nacieron juntos, se fueron juntos también.


Porque eso es lo que una madre hace.



 
Génesis García

(Chile, 1990)

Es historiadora, madre a tiempo completo y escritora. Ha publicado diversos cuentos en las antologías de la Editorial Gold de Colombia, tales como Complemento, No sólo los sueños se hacen realidad, De las cenizas y Café con aroma a mujer. Su obra, Camino, fue ganadora del primer premio del II Certamen de Relatos Cortos José Alberto Lario “El Flori”, de la comunidad de Lorca, España. Pueden leerla en revistas como Amalgama de Letras, Anacronías, El Nahual Errante, Primera Página, Licor de Cuervo, Mailén Literario y Especulativas.


 

Interlatencias Revista

julio 2023

  • Blanco Icono de Spotify
bottom of page