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Miren cómo afecta el paisaje, la imagen natural

  • 14 jul 2023
  • 8 min de lectura
Poesía Interatente de David Jáuregui

Inspirado en el Ejido de Campos, que vive bajo la bruma de la Central Termoeléctrica de Manzanillo, en Colima, México.


Intro

cciones

Giran las aspas como fragmentos de vidas. Son tres visibles, millones invisibles.

Si extiendes una línea punteada hacia el lado contrario de cada una, tendrás sextiles.

Una circunferencia en seis partes.

Partiendo de la central, el aspa erecta a la mitad, un giro del molino es un giro de historia.

Abriré, por tanto, seis ventanas irrisorias.

Los espacios imaginarios de las hélices punteadas no sucedieron, o tal vez sí.

Las agujas de metal, en cambio, sí ocurrieron, o tal vez no.



Aspa

El niño no estaba para nada dormido. Sus planes y elucubraciones tenían sentido.

En otra época, sin embargo.

Veía arañas de viento en las praderas y desiertos.

Nacieron de ventiladores, caídos con estruendos y bramores.

Las hélices son patas retorcidas, que andan de puntitas sobre las rocas. El poste se defiende a mordidas, apuntando hacia el cielo su base, su cola.

Cobraron vida cientos de esas manos metálicas, arácnidas; sostenidas sobre sus dedos y con la muñeca al aire; señalando el comienzo de la barbarie.

Para retaliar, llegó la brutal solución irreal.

Mecánicamente se erige, elige un cuerpo con dos hombros de calderas, un autómata desmesurado. De la coyuntura de sus brazos expulsa el humo carbonífero, que soporíferos tiene a los que, en su contra, lo han inhalado.

Es un caballero de la energía galante, obtusa, contaminante; antes usa la tecnología de hace un siglo, que escuchar a un moderno amigo.

Un mecha a base de carbón y fuego, contra miles propulsadas con aliento.

Dos tipos de mechas, bestias de acero, enfrentadas en la imaginación del niño despierto.

El mechaldera se desplaza lento, cansado, como si le pesara la primera revolución industrial. Es poderoso, no cabe duda; exuda goterones creados con la humedad ambiental; y aplasta a empellones las arañas invertidas.

Convertidas en enemigos fantásticos, las arañas transidas lo rodean estático. Multiplicándose le quitarán el oxígeno que gasta para sobrevivir. Acostumbrándose como energía renovable le darán jaque mate al país.

O eso imagina el niño de cabello gris. Recostado en su mecedora, se da cuenta de que eso ya no está a su alrededor: la batalla terminó. Él es solo un nostálgico de tiempos pasados, que trae falaz pelea a la faz de la tierra.

Es un hombre viejo, cuya edad no importa más que por sus ideas viejas. Mira con desprecio el viento para energía artificial, mascullando “miren cómo afecta el paisaje, la imagen natural”.



Caspa

2.5 y 10, los nombres del revés. Estés donde estés, ves partículas PM sin mayor estrés.

En cardumen son aún más ominosas, gozan de libertad para pegarse, impunes, a los platos y la loza. Resumen las consecuencias de decisiones idiotas al conjuntarse: son un puño que, con sapiencia, golpea al pueblo que no le toca.

Toda superficie apesta al humo de la central; toda postal del sitio te apresta al guarumo; toda mierda monumental de vapores nocturnos, diáfanos, diurnos, peores que ácaros para el inhalante de turno.

Entre las personas ronda esa sombra, las encañona cual arma rotonda; una honda aspirada procura cáncer a tu hermana; a la mía la deja tirada hasta que sus brazadas son más de dos, deformadas por multiplicación.

El insaboro soplido apenas se ha ido de lo comido a mis alveolos: ay, si mis ojos me tuvieran permitido vaciarlos del lodo.

Si los poros rebosan de mugre ojalá se purguen, antes de que, ay, la promesa energética más nos disturbe.

Las pieles se resquebrajan peor que tierra: ay, si usted supiera los dolores del vientre.

De mis órganos marchitos me agüito si hablo: ay, humo, que tú eres del diablo.




Raspa

A ese cara de chora le decían Lali, por Lali Cuadora. Cuantiosa razón le sobraba a la burla, si este hombre disolvía la plasta más dura.

Sus brazos marcaban los de un rotador profesional, bastaba mencionar que el trabajo vueltas precisaba y él ya estaba para revolucionar.

Tanto le gustaba dar el rol, que terminó con el rol de experto rolador en las calderas del sol, donde le encantó el ardor de su nueva posición. Ahí vueltas dio, cual indicaba su pasión, disfrutando cada rotación, cual mermelado rol; pero la situación no dejó de caer, peor en peor.

Por el pueblo embarraba el tufo de la vergüenza: era su culpa, qué no piensa, por qué dar pulpa al rebufo de las calderas.

Su movimiento inflamaba el tostón, el carbón, el quemón, de combustibles fósiles; los cuales a su vez, dóciles, abrían a la perdición el portón.

“Qué cabrón”, le escupían; “degenerados”, él maldecía.

Uno más cambiado por máquinas dirigidas por computadora fue el trágico destino de La Licuadora. Rodó bolas pa’ fuera de la central que otrora su pasión tuviera.

Quiso resarcir el daño indirecto, creyéndolo algo correcto por servir a la planta que hizo un manto concreto en su piso.

El comino y el orégano son los muérdagos que convino añadir a su olla; desuella la cabeza del puerco, así como habrá de partir los rábanos; es pozole barato, casi gratis para los pobres de rato, los muertos y más que nada los zánganos.

Sabe que ellos no trabajarían para la reina si la hambruna así se los permitiera. Carece de certeza, siquiera, sobre si es bravura o prejuicio suponer que sus antes colegas son ignorantes del perjuicio que al aire arrojan en forma de espuma.

Aunque lo conocieran, nada cambiaría: volverían las mismas gentes gatunas, las corbatas empresarias, burocráticas, regresarían a expoliar lo que les faltara. Condenar que el pueblo nada dijo y por eso, pendejo, nada se hizo: atajo corrupto de manos atadas.

A todos por igual les entregó de su carnudo manjar; en ocasiones, incluso, llegándole a faltar.

Y de nuevo, vuelta y vuelta, volvió a disfrutar.

Pasados los meses de bonanza, un narquillo se apersonó en el lugar: “Qué tranza, mi buen Lalillo”, lo saludó tras su moto derrapar; “te noto más enredado que de costumbre”.

Conversaron del fuego y la lumbre necesarios para cocinar; de lo bien que le iba desde que se empezó a mandar. “Por eso, mi queridísima Licuadora, te extiendo la oferta más mamalona: por peso que ganes, nos das cincuenta centavos; a cambio de mucho rato que aguantes vivo en este chiquero; es decir: o te mochas la mitad del dinero, o aquí te cae un granadazo, ¿me entiendes, culero?”

A la fecha, aunque nunca ha dejado de rotar sus aspas, La Licuadora sigue caída desde el atentado. Puso candado a la pozolería tras meses a la deriva; hasta inventó negocios y otras alternativas, pero nada fue suficiente.

El aliciente de alegrar a la gente con precios decentes se extinguió por insostenible; ay, que es increíble dónde terminó ahora: un disolvente de cuerpos calientes.

Gira y gira el tambo con sosa: horrible cosa, en la que tanto el alma expira, como las flores sollozan.



Gaspar

Proponer la mejor solución al problema del que depende el presente y futuro.

Suponer que las grandes ideas no implican grandes costos y consecuencias.

Anteponer la orden, el mandato, a las razones de la gente y la ciencia.

Oponer un reclamo es lo que sugiere el pueblo; lo logran.

Posponer las audiencias, las indagaciones, es a lo que el Estado se aboca.

Contraponer otra queja, acudir a superiores instancias: el pueblo revoca.

Exponer a quien se conmisere y digne a escuchar cien crueles infancias.

Reponer la salud robada jamás sucederá, para delante ni para atrás.

Componer el daño tomará cientos de miles de años, ni cómo dudar.

Yuxtaponer a periodistas y activistas: matarlos por investigar.

Imponer, al final de cuentas, la central termoeléctrica.



Gastar

El culero de Don Ramón nos encerraba. A mí y a mi pistola carnala. Mi compañera.

Nos ponía llave desde afuera, quesque no fuera a ocurrírsenos dejar el puesto.

Por supuesto que lo hubiéramos hecho: el calor empegostaba el techo.

Dentro de la cabina se encendieron las turbinas del pasón. Y, pues, pasó.

Mi pareja terminó de mi pareja, que no es lo mismo pero es igual.

Con ojeras nuestro rostro enrojeció, el sudor eterno parecía de manglar.

Pasaban tan pocos vehículos que el trabajo se antojaba ridículo.

De cuando en cuando, levantábamos la pluma; y entretanto miramos la bruma.

El Don Ramón de pronto trajo a otro Don y le indicó con escaso don que lo alcanzaría más allá del portón. De puro mojón no nos cachó en el vacilón.

Espetó con voz grave que cualquier falta infame nos arrojaría al tambe. Ruidos, intrusos, ilusos, descuidos. Ay qué martirio escucharlo.

“Es el mero presidente, pendejos, que aquí no pase nada”.

Ni nos dimos cuenta de cuándo salió: era tan tarde que por ley velar ya no era opción.

Doce años transcurrieron lentos, ensimismados, alejándonos dentro de la cabina.

Ahora excedían los carros que nuestros aposentos se daban abasto para atender. “Combina tu razón con mi velocidad”, le propuse a mi pareja.

Nada lenteja, entendió a la primera, saliendo del lugar hacia su nueva torreta. Ella permaneció la docena entera levantando la pluma, certera. Y yo adentro, poco contento, encargado de los registros y el papeleo.

En el octavo año Don Ramón pereció, aplastado por un bulldozer que perdió su tracción.

Construyeron los camiones chimeneas y calderas enormes. A diario surtían de carbón los contenedores. Y los pescadores, quienes antaño aprovechaban la bahía, fueron relegados a ver cómo de su trabajo los desposeían.

Al terminarse la megaobra, nos destituyeron y finalmente nuestro pasón destruyeron.



Bastar

Hace décadas que las aspas dejaron de girar; se intentaron los ventiladores hasta verlos fracasar. La termoeléctrica sigue erecta, embarcando sus pestes por to’ altamar.

El ambiente pasó de energético a tóxico: ese es México, lógico. Al salir firmamos el óbito, la sentencia; nos queda el léxico para jugar, ante la ausencia de pólipos, de plantas, de existencias.

Anda, rima, que las batallas de rap son la nueva poesía. Ya no las tallamos en lid agresiva, pues mierda cae suficiente de arriba.

Aquí en este cuarto nos entretiene juntar las sílabas: míralas caer, compaginarse; conviene que no salgas, imaginarte díscola otra vez me molesta; esta tuya tez sin epístola no basta para aguantar.

Te exigirán el permiso si te encuentran en las calles terregosas; te arrebatarán el oxígeno, entre otras cosas, sin aviso ni posibilidad.

Arrojarnos flows, barras y estructuras no convence de quedarte adentro, lo sé; es una dura farra que, pon, nos tiene amarrados.

Abriré para mirar afuera las ventanas irrisorias necesarias; ya sé, como palabras nos unieron a la fuerza, ignorando plegarias. “Ustedes son los últimos jóvenes, así que van, órenle”, y nos encerraron sin fe el día de la candelaria.

Quedémonos aquí hasta que esto acabe, aunque lo contrario te rueguen tus zapatos; sabes que la compañía ayuda a pasar el rato. Nos juntaron, mas juntos nunca hemos estado, ahí la clave de sobrevivir la asfixia y el pecado.

El ambiente se ha viciado desde que nos enclaustraron, cuánta falta de ventilación; mi corazón de colores mellados por fin se detiene.

Abriré para mirar afuera la ventana irrisoria, que ya da igual respirar. Ese, Juan, soy yo de verdad: y esta necedad nuestra fue historia.




David Antonio Jáuregui Sánchez

(1997, Colima)

Escritor y periodista independiente. Le gusta escribir literatura breve para explorar ideas confrontativas. No le gusta la cebolla ni la violencia. Recientemente se ha concentrado en el impacto ecológico del crimen organizado en México y otros temas medioambientales. Fue director editorial de ipstori, la primera app móvil mundial de literatura breve en español. Ha publicado diversos trabajos de ficción e investigación en medios nacionales e internacionales.

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julio 2023

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